Neglected and Weedy

by Shubhangi K. // print // english translation

The »Schrebergarten« is a Leipzig invention. That didn’t keep our authors from creating their own and share it with many. Quarantine? Isolation? Lack of energy? – Not with a garden.

The community garden, their gardeners are a Leipzig invention. It doesn’t get more Leipzig than running the lawnmower on Saturdays and shouting for silence from the neighbors on Sundays. Those who really feel at home in this city are the ones who have no time for activities, other people or other pleasant things on the weekend because you have to use it for digging, pulling weeds and mending fences.  Since the pandemic, my flatmates and I have also wanted to join the list of happy Leipzig inhabitants. Quarantine? Locked in the apartment? Isolation? Lack of energy? – Not with a garden. – was our answer. 

So we set off on a sunny April day and got our first glimpse of an unfamiliar world of noise control, weed-free sidewalks and eternal competitions between neighbors for the prettiest garden.  We cycled from garden to garden (not INSIDE the gardens, as cycling is forbidden) and looked for our future Little Love Area, or at least a piece of land that no one else would want to work on. Coincidentally, we found it after a few weeks, i.e. the two previous tenants were happy to let us have their garden. However, for the transfer, we still had to pass a board inspection. Better to present only two – we thought – and not all the flatmates. But who would do it? We decided on the two white people, woman passing, with regular incomes, also hoping they wouldn’t take us as a couple either. The board saw us and said ” You get the garden” and before we could say a word, the contracts were already on the table. And besides the joy for the piece of land that we were now allowed to “beautify,” there was a bitter taste in our mouths as we thought about how the decision might have turned out if we had looked different.  

From then on, we plunged into entirely new worlds. Into one filled with numbers, words and important phrases: Don’t do this, do that only in a back corner of the garden, and only between 9am and 12am. This can only be done with a special permit, which is obtained every fourth Saturday of the month, but can be withdrawn immediately in case of emergency. In the world of endless rules: how high the garden pavilion must be and how steep the gutter can be, how many earthworms can crawl through the compost and who can help with the maintenance of the garden. On to the world of prohibited plants, arranged alphabetically, which must be removed without being asked. If they have not already been eliminated by the slugs that leave hardly anything green standing in the garden. In the world of mental and spatial aberrations of the hardware store, where the staff (sic!) at the information desk smiles at our plans and behind which the screws are always a millimeter shorter. Into the world of projects that have been started and can never be completed. To the world of pitying looks from neighbors who want to cheer us up with their vegetables and sayings like “All beginnings are hard” and motivate us to garden, while all we want to do is swing in the world of dreams. And last but not least: in the world of reminders. We asked our friends for two things that came to their minds as soon as they saw our garden. Enchanted, cozy, charming, has potential, sweet, beautiful, big, colorful. We had not asked the board. However, we kindly received their response by letter: neglected and weedy. 

We are cautious and excited to see what other worlds will open up in the new year. Because one thing is certain now. Experience as a garden owner is not acquired in a few months, but in a few decades.

Descuidado y con maleza

translation by Emyd Espinoza

El jardin comunitario, lxs jardinerxs son un invento de Leipzig. No se puede ser más Leipzig que poner en marcha el cortacésped  los sábados y pedir a gritos silencio a los vecinos los domingos. Los que realmente se sienten en casa en esta ciudadson los que no tienen tiempo para actividades, otras personas u otras cosas agradables en el fin de semana porque hay que utilizarlo para cavar, arrancar hierbas y reparar vallas. Desde la pandemia , mis compañerxs de piso y yo también hemos querido sumarnos a la lista de felices habitantes de Leipzig. ¿Cuarentena? ¿Encierro en el piso? ¿Aislamiento? ¿Falta de energía? – No con un huerto. – fue nuestra respuesta. 

Así que nos pusimos en marcha en un soleado día de abril y echamos un primer vistazo a un mundo desconocido de control del ruido, aceras sin maleza y eternas competiciones entre vecinos por el jardín más bonito.  Fuimos en bicicleta de jardin en jardin (no DENTRO de las parcelas, ya que la bicicleta está prohibida) y buscamos nuestra futura Pequeña Área de Amor, o al menos un trozo de terreno en el que nadie más quisiera trabajar. Casualmente, lo encontramos al cabo de unas semanas, es decir, los dos inquilinos anteriores estaban encantados de dejarnos su jardín. Sin embargo, para el traspaso, todavía teníamos que pasar una inspección de la junta. Mejor presentarse solo dos -pensamos- y no todos los compañeros de piso. ¿Pero quién lo haría? Nos decidimos por las dos  personas blancas, con ingresos regulares, que pasan por mujeres pero esperando que tampoco nos tomaran como una pareja. La junta nos vio y dijo “Se llevan el jardín” y antes de que pudiéramos decir una palabra, los contratos ya estaban sobre la mesa. Y además de la alegría por el pedazo de tierra que ahora nos permitía “embellecer”, quedaba un sabor de boca amargo al pensar en cómo podría haber resultado la decisión si nos hubiésemos visto de otra manera.  

A partir de entonces, nos sumergimos en mundos completamente nuevos. En uno lleno de números, palabras y frases importantes: No hagas esto, haz aquello sólo en una esquina trasera del jardín, y sólo entre las 9 y las 12 de la mañana. Esto sólo puede hacerse con un permiso especial, que se obtiene cada cuarto sábado del mes, pero que puede ser retirado inmediatamente en caso de infracción. En el mundo de las reglas interminables: qué altura debe tener el pabellón del jardín y qué pendiente puede tener la canaleta, cuántas lombrices pueden arrastrarse por el compost y quién puede ayudar en el mantenimiento del jardín. En el mundo de las plantas prohibidas, ordenadas alfabéticamente, que deben ser retiradas sin ser preguntadas. Si no han sido ya eliminadas por las babosas que apenas dejan nada verde en pie en el jardín. En el mundo de las aberraciones mentales y espaciales de la ferreteria, donde el personal (¡sic!) del mostrador de información sonríe ante nuestros planos y tras los cuales los tornillos son siempre un milímetro más cortos. En el mundo de los proyectos que se han iniciado y que nunca se podrán completar. Al mundo de las miradas de lástima de los vecinos que quieren alegrarnos con sus verduras y refranes como “Todos los comienzos son duros” y nos motivan a cultivar un huerto, mientras lo único que queremos hacer es columpiarnos en el mundo de los sueños. Y por último, pero no menos importante: en el mundo de los recordatorios. Pedimos a nuestrxs amigxs dos cosas que se les vinieron a la mente en cuanto vieron nuestro jardín. Encantado, acogedor, encantador, tiene potencial, dulce, hermoso, grande, colorido. No habiamos preguntado a la junta. Sin embargo, recibimos amablemente su respuesta por carta: descuidado y con maleza. 

Somos precavidos y estamos emocionados por ver qué otros mundos se abrirán en el nuevo año. Porque una cosa es segura ahora. La experiencia como dueño de jardin no se adquiere en unos meses, sino en unas décadas.

Tags:

Leave a Reply

Your email address will not be published.